viernes, 18 de noviembre de 2011

"El Punto Negro" - Relato Corto incluido en "17 Trozos"


Esta mañana, al despertarme, entreabrí los ojos y vi lo mismo que casi siempre: el despertador (con sus horribles números de color verde fluorescente), los pañuelos de papel, un par de libros, una botella de agua, el marco con la foto de mi viaje a Londres y la lámpara, es decir, lo que hay sobre mi mesita de noche. Pero tuve una extraña premonición o quizás es que ya lo vi pero como era tan pequeño no llegué a ser consciente de que lo había visto. Un ratito después, mientras me cepillaba los dientes, lo vi claramente, un puntito negro en el espejo del baño. Intenté borrarlo con el dedo y no se iba. No tenía consistencia. No estaba en el espejo. Estaba en mi ojo, o en los dos. Tenía un problema grave de visión y debía acudir al oftalmólogo sin falta. “Tendré que ir a uno de pago”.-pensé mientras hacía buches-“porque el de la seguridad social va a tardar meses en verme y esto es molesto y parece importante”.
Ya en la calle lo seguía viendo pero en el lado contrario al que lo había visto en casa. A ver si mi problema va a ser neurológico-me dije-porque esto no es normal.
Pero entonces ocurrió algo curioso. Aceleré el paso porque iba a perder el autobús y lo perdí de vista.
¿Se había quedado atrás?
Enseguida me alcanzó y avanzaba entre mis pies. Definitivamente era realmente increíble lo que me estaba sucediendo. Aunque suene ridículo me propuse despistarlo y quitármelo de encima como si fuera un delincuente al que persigue un coche de la policía. Para ello estuve a punto de coger un autobús y en el último momento me bajé, ante la atónita mirada del conductor que ya me había cobrado el billete y me subí a otro que estaba ya arrancando.
El punto estaba a mi derecha en el suelo, como un perrito fiel.
Ahora te vas a enterar, punto de mierda, me dije, ya me estaba tocando las narices el puntito. Me bajé en la siguiente parada y corrí como una loca cambiando de sentido repentinamente, girando a derecha e izquierda sin pensar, metiéndome por distintas calles. Al principio estaba enfadada, luego disfruté como una niña pequeña jugando al pilla-pilla más loco de su vida y acabé con flato, reventada, en una parte de la ciudad que no conocía, y teniendo que llamar al trabajo para explicar que llegaría tarde por motivos personales que ya especificaría más tarde, mientras el punto oscilaba junto a mi rodilla izquierda, como riéndose de mí.
Decidí, llegados a este punto (valga la redundancia), ignorarlo y dedicarme a mis obligaciones. En la oficina me inventé cualquier excusa para el retraso y me concentré en el papeleo. Mientras estuve absorta en los formularios que tenía que revisar me olvidé del punto pero a la hora del almuerzo ya no era un punto sino una mancha que avanzaba conmigo, flotando junto a mí. En algún momento pegué un respingo al volver a verlo tras un instante en que había desaparecido de mi campo de visión, cuando surgió por detrás repentinamente. Jamás he tenido más ganas de volver al trabajo que hoy en la sobremesa. Fue instantáneo. Concentrarme en mi tarea y no ver al borrón negro que se había empeñado en hacerme compañía. Cuando volvió a hacerse presente ante mis ojos, ya de noche, no sólo no me sorprendió sino que podría decirse que lo estaba esperando. Casi le sostengo la puerta del portal para que pasara al entrar al edificio donde vivo.
Al ducharme tuvo el decoro de permanecer fuera del baño. Le di las gracias en voz alta sin darme cuenta. En estos tiempos en los que la gente se queja de que se están perdiendo las buenas maneras yo soy tan gentil que le doy las gracias a un borrón negro amorfo. Me dieron ganas de telefonear a mis padres para felicitarles por su buena labor a la hora de educarme. En vez de eso me puse a ver la tele con ahínco a ver si esta actividad lo hacía desaparecer. Resultó infructuoso. Cogí un libro pero no pude sumergirme en él, cada dos frases levantaba la vista y allí estaba el borrón, pero esta vez era de mayor tamaño, casi como un niño. Ya no era exactamente informe, parecía la sombra de un crío que llevara una capa con capucha.
Se acabó. Me voy a la cama. Y así lo hice. Y aquí estoy, tumbada y tapada hasta la coronilla para no ver a este ser que ahora tiene el tamaño de una persona, es como si fuera la muerte o un jinete oscuro sacado de “El Señor de Los Anillos”. Cuando junto valor suficiente me destapo un poquito y compruebo si sigue ahí. Y así es. Si fuera la muerte ya me hubiera llevado, ¿A qué vienen tantos jueguecitos? No sé lo que es ni lo que quiere pero ahora sí que lo que más deseo en el mundo es que se largue con viento fresco. Pero ahí sigue...
Me dormí sin darme cuenta, debió ser tardísimo. Me he despertado y seguía tapada por encima de las cejas. Me he destapado lentamente y….Aaaaaaahhhhhh! ¡Qué suspiro de alivio tan tremendo! No está. ¡Joder! No está el espectro de anoche pero el puntito sí que sigue aquí. Bueno, estoy viva. No era la muerte después de todo. No sé lo que es pero no me ha hecho daño.

Seis meses después
Algunos tienen mascotas convencionales como perros y gatos, otros tienen gustos exóticos y se dedican a coleccionar peces de países lejanos o esquilman los bosques para presumir de ranas tropicales o se las dan de valientes llevando a sus hogares tarántulas o serpientes. Y yo, sin comerlo ni beberlo, soy la dueña de un punto negro que va creciendo lentamente durante el día y, cuando se hace de noche pega un estirón muy grande y parece la silueta de la muerte.
Como nos hemos acostumbrado el uno al otro e incluso le he cogido cariño, hemos creado una rutina. Cuando salgo y hace frío lo llevo dentro del bolso, yo no sé si nota las bajas temperaturas, pero, por si acaso; y por la noche se hace un ovillo a los pies de mi cama (no me da calor pero en verano eso se agradece, tampoco me da frío). Ya lo tengo educado: nunca entra en el baño conmigo, ni se refleja en el espejo cuando voy a peinarme o a maquillarme.
A veces por las mañanas baila a mi alrededor y me alegra el desayuno.
Otra peculiaridad del asunto es que solo yo puedo ver a mi mascota. Ya me había dado cuenta desde el principio pero ahora a veces me fastidia porque la gente lo pisa a menudo y, aunque no le va a pasar nada, no puedo evitar preocuparme.
¡Al fin y al cabo es mi punto negro!

1 comentario:

  1. Es uno de mis relatos favoritos. Le coges cariño al punto y todo, jaja.

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